Mi amigo Juan E. Sanchís, escritor y periodista, en un artículo que publica en su blogspot sobre mi viaje, ( http://www.lafuentelarga.blogspot.com ) se pregunta sobre los extraños vericuetos que producen en la mente humana la necesidad de viajar. Mi caso tiene un poco de todo, yo entiendo que dentro de mi cabeza existe un bombo como el de la lotería en el que llevan tiempo danzando ideas de viajes y deseos de hacer determinadas cosas, como cualquier ser humano. Supongo que la diferencia respecto a otras personas es que cuando una de esas ideas se asoma al orificio de salida del bombo, y las condiciones son propicias, la atrapo y no la suelto. Son sueños, ilusiones que como en cuentagotas voy satisfaciendo poco a poco.
Estamos viviendo unos años en los que se nos escapan, de entre las manos, las pequeñas motos que han escrito parte de la historia de los jóvenes de las últimas décadas. La mayoría de ellas se relegaron por una supuesta caducidad al rincón del olvido. Algunas siguen allí. Otras salieron de ese reducto indiferente para ir a parar a desguaces donde se tramitará su definitivo viaje al reciclaje en amasijo. Las menos, las más afortunadas, disfrutan de una cariñosa atención que les devuelve a la luz, a sentir nuevamente el viento. Mi vieja Vespino es una de esas, de las que han tenido suerte, una de las supervivientes, una “made in spain” auténtica producto de la madrileña fábrica que apadrinó Piaggio y que, por cuestiones que no entendemos muy bien, dejó de interesar a sus mecenas.
Mi
Vespino es una GL de 1975, para dotarla de alma
humana y por el tiempo que pasó en el rincón del olvido, durmiendo en el
garaje, yo la llamo “
Hace unos meses, en estas páginas,
escribí unas letras en las que hablaba de mi proyecto de viaje, nada menos que
de Vall de Almonacid
(Castellón) a la ciudad de la luz, París, en mi Vespino;
Recibí ayuda y consejo de muchas personas. El apoyo de familiares, compañeros de “Motocicletas Clásicas de Valencia” (www.moclava.com), del foro de vespinos personalizado por Francesc Garí (http://foro.vespinos.com), del Motoclub de Segorbe, de Bici Sport y hasta del ayuntamiento de mi pueblo. En éste, en mi pueblo, que solo cuenta con poco más de 250 habitantes, se encontró en mi aventura un motivo más de charla y entretenimiento. Se constituyó incluso una contienda incruenta de dos bandos de discusión, los que estaban seguros de que no iba a llegar y los incondicionales que opinaban lo contrario. Ahora estoy seguro que todos de se alegraron del éxito. A todo esto, mi padre, que era el agente infiltrado entre las líneas contendientes, me informaba a través del teléfono del discurrir de la amigable pugna. No existía indiferencia, eso me animaría mucho.
Todo listo, equipaje, herramientas, repuestos, depósitos y garrafa de gasolina llenos, documentación, rutómetro e ilusión en niveles máximos. Dormí muy poco pero eso ya no importaba. Tenía previsto prepararme físicamente desde meses atrás, no fue así y ya era tarde, pensé que la ilusión sobrante se encargaría de este asunto. Más adelante comprobé que no era suficiente y añadí algo de fuerza de voluntad.
A las cuatro en punto de la madrugada
del día 16 de Julio, mi amigo Javier Salvia “el maestro” y yo oímos las
campanadas del reloj de la iglesia del pueblo que Martín, el alguacil, mantiene
con cuerda y engrasado para que no se retrase en sus señales horarias. Era la
hora de salir, de manera que nos enfundamos los cascos y en marcha. La noche era
agradable pero oscura como la boca de un lobo.
Avanzábamos
rápido, más de lo que yo esperaba. No se trataba de algo real, era una
sensación. La lectura en el cuentakilómetros indicaba que estábamos manteniendo
velocidades de 37 o 38 kms/h., eso son casi tres
horas para recorrer 100 kms. A pesar de ello el
amanecer se presentó en un suspiro, las sombras dejaron paso a imágenes de
campos verdes y montes pardos. A la izquierda, recortado, el impresionante
perfil del Macizo del Penyagolosa.
Todo funcionaba perfecto.
Dos rápidas paradas en Canet Lo Roig y
No
era posible detener el tiempo, de modo que buscamos una buena sombra para una
charla breve, una veloz comida y nuevamente a la carretera. Ahora éramos dos
motos, Aina había traído su Vespino
precisamente para acompañarme unos kilómetros. Al final fueron 100; las dos Vespinos rodaron juntas los arcenes hasta llegar al pantano
de Oliana, allí metimos la de Aina
en el coche de sus padres y nos despedimos. Salvo mi familia con la que compartiría
los momentos de descanso al final de cada etapa, la de Aina
fue la única compañía que tuve en todo el viaje, me pareció un instante.
Entrada en Andorra: “esto va en serio, es muy posible hacer el
viaje, ahora ya estoy seguro de que se puede conseguir”. En la etapa
todo salio según lo previsto, con un poco de retraso sobre el horario, pero muy
bien. En el paso fronterizo me detuve, el policía que lo custodiaba me hizo el
típico movimiento de cabeza con el que te franquean la entrada. Aceleré, la
moto avanzó unos metros y de repente “… goooooo…” (en voz descescendente), se acabó
la gasolina del segundo depósito (llevaba dos depósitos y una garrafa de
reserva con
La madrugada del día 17, segunda
etapa, salí con el motor parado hasta la puerta del camping, eran las 5:00 de
la mañana; una hora y cuarenta minutos fue el tiempo que costó salvar los
asintió
con la cabeza y contestó: “tres bien”. Al final todos se agacharon
ante el cartel que llevaba en la parte trasera y se dieron cuenta, por el mapa
que allí aparecía, que mi intención era llegar a París. Perdón por la
expresión, el descojono fue general…”pas posible, le garçon eté fu, cette Mobilette ne peut pas
arriver Paguí”. Les
dije que no era una Mobilette, que era una Vespino made in Spain. Luego añadí
que quería hacerles una foto…”nooo, pas posible, no foto”… “vale, vale, puesto fronterizo. No
es posible hacer fotos, vale…”. Al final les di a entender que en el
asiento tenía sitio para uno de ellos, que si querían podían venir conmigo a París. Eso fue definitivo,
debieron pensar algo así como que “éste está loco de atar” de manera
que…”allez roulez”, me dieron
avío y allí se quedaron entre risas… “au revoir garçons, en unos días nos
volvemos a ver…”.
Rápida bajada en posición bici (punto muerto) con el motor en marcha, peligrosa porque en cualquier momento podría haber vuelto a la posición “moto” y hubiese producido la rotura de algún diente de los engranajes de transmisión. No lo volví a hacer en todo el viaje.
Estaba amaneciendo, había mucha humedad y acababa de sumergirme en un mar de nubes que unos kilómetros atrás, desde lo alto, ofrecían una imagen impresionante, mereció una foto. Casi al final del rápido descenso, con bastante fresquito, con más lagrimones como los de antes acompañados de una incómoda moquita, ocurrió lo que suele ocurrir a las personas en alguna que otra ocasión. ¡Un apretón…!, en esos momentos se convirtió en lo más importante del mundo, había que hacer algo rápidamente. Y lo hice.
Una vez aliviado de la necesidad inaplazable seguimos rodando por tierras galas, pirenaicas. Llegaba otro alivio, el térmico. Las curvas y las montañas poco a poco quedaron atrás, dejaron paso a las rectas y las llanuras. No hubo novedades hasta llegar a Toulouse, el navegador que lo tenía metido en la sombra del fondo de la mochila que colgaba del manillar para evitar que el sol dificultase su lectura, me introdujo en el corazón de la ciudad, yo le seguía en todo lo que me decía, a ver qué opciones tenía… En un par de ocasiones nos encontramos con calles cortadas por obras. No había problema, giraba a derecha o izquierda, intuitivamente. Desde el fondo de la mochila escuchaba aquello de “… gire cuando sea posible…”, el aparato recalculaba y yo le volvía a obedecer. Después de oír varias veces la cantinela, aprovechando la parada en un semáforo, opté por apagar la voz del navegador, amenazaba con darme el viaje.
Rodábamos
tranquilos “
En
medio del campo, a unos
La tercera etapa tuvo que
comenzar rápido, con tiempo justo. Eran las 13:00 horas del día 18, quedaban
todavía
Sin perder un solo instante nos
pusimos en marcha, la familia con la caravana y “
A pesar que cada uno de los
depósitos me daba una autonomía de casi tres horas, daba la sensación de que
ese tiempo era mucho más corto, de
manera que cuando me quise dar cuenta, a 50 kms
de Limoges, el diminuto haz de luz de
Atravesamos Limoges pasadas las 12:00 de la noche. Las únicas gasolineras abiertas eran las automáticas de 24 horas que funcionan con tarjetas especiales. Aunque era imprescindible no podía repostar, de manera que rebusqué entre mi maltrecho francés, me arme de valor y esperé a que llegase alguien que me llenase la garrafa a cambio del valor de la gasolina en metálico. Al tercer intento lo conseguí, pude seguir…
La noche la vencimos gracias al navegador y la batería suplementaria que preparé para la ocasión. Viajamos por carreteras estrechísimas. Luego a la vuelta pude disfrutar, a la luz del día, de los maravillosos paisajes que me perdí a la ida. Parecía que no iba a amanecer nunca, de manera que las primeras claridades fueron bien recibidas.
El amanecer frío, muy frío. A pesar de ir con la ropa que habitualmente uso en invierno, a pesar de encontrarme en pleno verano, a pesar de todo, no pude evitar desear que el sol se elevase lo antes posible. Lo pasé realmente mal. No es cuestión de que la temperatura sea muy baja, se trata del tiempo que estás expuesto a un fresco constante, por abrigado que vayas el frío se va instalando y al final te invade, te vence.
La carretera discurría por las
callejuelas de una pequeña población, faltaban menos de
Sobre las 11 de la mañana
atravesé Orleáns, a su salida ya no
podía más, la noche y la madrugada habían acabado con mis reservas físicas, era
peligroso seguir. Durante un trecho me di cuenta que me costaba llevar a “

A las 14:00 entraba por la
autovía que da acceso a París desde el sur, la continuación de

14:30. Pongo a
El resto del viaje os lo podéis
imaginar. Primera etapa de regreso la madrugada del día 1 de Agosto y llegada
milimétrica a mi pueblo el día
Valentín Salvador Calvo - 2007 (fotos en www.moclava.com y www.vespinos.net)