Mi amigo Juan E. Sanchís, escritor y periodista, en un artículo que publica en su blogspot sobre mi viaje, ( http://www.lafuentelarga.blogspot.com ) se pregunta sobre los extraños vericuetos que producen en la mente humana la necesidad de viajar. Mi caso tiene un poco de todo, yo entiendo que dentro de mi cabeza existe un bombo como el de la lotería en el que llevan tiempo danzando ideas de viajes y deseos de hacer determinadas cosas, como cualquier ser humano. Supongo que la diferencia respecto a otras personas es que cuando una de esas ideas se asoma al orificio de salida del bombo, y las condiciones son propicias, la atrapo y no la suelto. Son sueños, ilusiones que como en cuentagotas voy satisfaciendo poco a poco.

 

Estamos viviendo unos años en los que se nos escapan, de entre las manos, las pequeñas motos que han escrito parte de la historia de los jóvenes de las últimas décadas. La mayoría de ellas se relegaron por una supuesta caducidad al rincón del olvido. Algunas siguen allí. Otras salieron de ese reducto indiferente para ir a parar a desguaces donde se tramitará su definitivo viaje al reciclaje en amasijo. Las menos, las más afortunadas, disfrutan de una cariñosa atención que les devuelve a la luz, a sentir nuevamente el viento. Mi vieja Vespino es una de esas, de las que han tenido suerte, una de las supervivientes, una “made in spain” auténtica producto de la madrileña fábrica que apadrinó Piaggio y que, por cuestiones que no entendemos muy bien, dejó de interesar a sus mecenas.  

 

Mi Vespino es una GL de 1975, para dotarla de alma humana y por el tiempo que pasó en el rincón del olvido, durmiendo en el garaje, yo la llamo “La Bella Durmiente”. Darle nombre facilita nuestro diálogo. Sirve también para recordar a aquellos que con su Vespa “Dulcinea”, decorada por Dalí, dieron la vuelta al mundo en 79 días. En mi caso fue mi hijo mayor Samuel quien se encargó de rotular el nombre en una tapita de chapa de madera que coloqué sobre la cesta delantera. No lleva ningún elemento extraño a su origen. Su escape es el original, su motor el de serie. Únicamente tiene ruedas y sillín de un modelo posterior. También añadidos para la ocasión que no tienen que ver con el rendimiento de la mecánica. Incluso el color es el original.

 

Hace unos meses, en estas páginas, escribí unas letras en las que hablaba de mi proyecto de viaje, nada menos que de Vall de Almonacid (Castellón) a la ciudad de la luz, París, en mi Vespino; 3.000 kilómetros de ida y vuelta en seis días. No podía imaginar el revuelo que iba a organizar con semejante idea. La cuestión es que antes del inicio de la aventura ya fue noticia en diferentes medios de comunicación, por lo que debo reconocer que todo aquello me abrumó. Me preguntaba una y otra vez si era merecedor de tanta atención de propios y de extraños. Durante unos días llegué a sufrir cierta angustia, sin pretenderlo me había colocado bajo una enorme losa de responsabilidad. Ahora no había posibilidad de marcha atrás, tenía que intentarlo en serio. Y lo intenté.

 

Recibí ayuda y consejo de muchas personas. El apoyo de familiares, compañeros de “Motocicletas Clásicas de Valencia” (www.moclava.com), del foro de vespinos personalizado por Francesc Garí (http://foro.vespinos.com), del Motoclub de Segorbe, de Bici Sport y hasta del ayuntamiento de mi pueblo. En éste, en mi pueblo, que solo cuenta con poco más de 250 habitantes, se encontró en mi aventura un motivo más de charla y entretenimiento. Se constituyó incluso una contienda incruenta de dos bandos de discusión, los que estaban seguros de que no iba a llegar y los incondicionales que opinaban lo contrario. Ahora estoy seguro que todos de se alegraron del éxito. A todo esto, mi padre, que era el agente infiltrado entre las líneas contendientes, me informaba a través del teléfono del discurrir de la amigable pugna. No existía indiferencia, eso me animaría mucho.

 

Todo listo, equipaje, herramientas, repuestos, depósitos y garrafa de gasolina llenos, documentación, rutómetro e ilusión en niveles máximos. Dormí muy poco pero eso ya no importaba. Tenía previsto prepararme físicamente desde meses atrás, no fue así y ya era tarde, pensé que la ilusión sobrante se encargaría de este asunto. Más adelante comprobé que no era suficiente y añadí algo de fuerza de voluntad.

 

A las cuatro en punto de la madrugada del día 16 de Julio, mi amigo Javier Salvia “el maestro” y yo oímos las campanadas del reloj de la iglesia del pueblo que Martín, el alguacil, mantiene con cuerda y engrasado para que no se retrase en sus señales horarias. Era la hora de salir, de manera que nos enfundamos los cascos y en marcha. La noche era agradable pero oscura como la boca de un lobo. La GL no alumbraba apenas, sus 6 voltios dan poco de sí. Los revirados 40 kilómetros que atraviesan el corazón del Parque Natural de la Sierra de Espadán, con sus cunetas abrazadas por los enormes alcornoques que las custodian, hacían que la ruta pareciera todavía más oscura a la luz del ciclomotor. Suerte que el faro de la Drag Star de Javier iluminó los primeros compases del viaje. Y lástima no poder contar con él en lo sucesivo. Pasada la industrial localidad de Alcora nos despedimos con un “…adiós, buen viaje, ya mandarás noticias, no sabes lo a gusto que me iría contigo…”, de Javier, y mi “…gracias, hasta la vuelta…”. A partir de aquí la noche, la Vespino y yo y muchos, muchísimos kilómetros por delante. Toda una incógnita.

 

Avanzábamos rápido, más de lo que yo esperaba. No se trataba de algo real, era una sensación. La lectura en el cuentakilómetros indicaba que estábamos manteniendo velocidades de 37 o 38 kms/h., eso son casi tres horas para recorrer 100 kms. A pesar de ello el amanecer se presentó en un suspiro, las sombras dejaron paso a imágenes de campos verdes y montes pardos. A la izquierda, recortado, el impresionante perfil del Macizo del Penyagolosa. Todo funcionaba perfecto.

 

Dos rápidas paradas en Canet Lo Roig y La Senia para saludar a amigos que acudieron a mi encuentro, estaba decidido a no perder ni un solo minuto de más, me lo tomé realmente en serio. Seguimos… Tortosa, Flix, Ascó. En Lleida me esperaba Francesc Garí con su esposa y Aina, su hija; ya había pasado el mediodía. También acudió a la cita “el equipo de apoyo”, era mi familia; Kitty mi esposa, mi hijo mayor Samuel, el pequeño Pablo y nuestra amiga María Pilar. Llegaron en coche arrastrando la caravana; ellos harían las mismas rutas que yo pero por vías más rápidas. La Vespino tiene vetadas las autopistas, se reservan para ella las alternativas secundarias.

 

No era posible detener el tiempo, de modo que buscamos una buena sombra para una charla breve, una veloz comida y nuevamente a la carretera. Ahora éramos dos motos, Aina había traído su Vespino precisamente para acompañarme unos kilómetros. Al final fueron 100; las dos Vespinos rodaron juntas los arcenes hasta llegar al pantano de Oliana, allí metimos la de Aina en el coche de sus padres y nos despedimos. Salvo mi familia con la que compartiría los momentos de descanso al final de cada etapa, la de Aina fue la única compañía que tuve en todo el viaje, me pareció un instante.

 

Entrada en Andorra: “esto va en serio, es muy posible hacer el viaje, ahora ya estoy seguro de que se puede conseguir”. En la etapa todo salio según lo previsto, con un poco de retraso sobre el horario, pero muy bien. En el paso fronterizo me detuve, el policía que lo custodiaba me hizo el típico movimiento de cabeza con el que te franquean la entrada. Aceleré, la moto avanzó unos metros y de repente “… goooooo…” (en voz descescendente), se acabó la gasolina del segundo depósito (llevaba dos depósitos y una garrafa de reserva con 5 litros más). Nada grave, claro, me paré a la derecha, subí la GL en su caballete y con la garrafa llené uno de los depósitos para poder llegar hasta el camping Valira, como no, de Andorra la Vella en el que ya estaba instalado “el equipo de apoyo”.

 

La madrugada del día 17, segunda etapa, salí con el motor parado hasta la puerta del camping, eran las 5:00 de la mañana; una hora y cuarenta minutos fue el tiempo que costó salvar los 28 kilómetros que había hasta lo alto del impresionante Port D’Envalira. Hacía años que no pasaba por allí, sabía que habían hecho un túnel que ahorraba tener que llegar hasta arriba, pero los peajes no se pensaron para las Vespinos; “…¡¡vamos chica, un último esfuerzo!!, te voy a ayudar un poco dando pedales… ¡¡vamos…!!”. Al llegar arriba me sentía eufórico: ¿no habrá nadie por aquí para darle un abrazo y decirle que lo hemos conseguido, que “La Bella Durmiente” se ha comportado como una campeona…?. No había nadie, ni las vacas estaban a esas horas. Había frío, mucho frío, me acomodé el pasamontañas en el cuello, abotoné bien el barbour, abroché el casco y comencé la bajada. Me caían lagrimones como puños porque se me empañaba la visera del integral y no tenía más remedio que llevarlo abierto, cuánto eché de menos la efectividad del pit loock que suelo llevar en invierno…  Las únicas personas que encontré fueron los 6 gendarmes que vigilaban el acceso a Francia. Parecían un comité de bienvenida, estaban los seis en medio de la carretera. No puedo imaginar lo que pensaron cuando me vieron llegar. Debió ser algo así como: “un garçon tres grande pour una bique tres petite”. Mi francés es horrible, pero seguro que lo pensaron. Inmediatamente me rodearon, curiosos, y escudriñaron cada rincón de la moto. No por pensar que pudiese esconder algo de contrabando, en eso estaba yo pensando…, seguramente por lo quijotesco de la escena. Uno de ellos, el más serio, me preguntó que qué llevaba en la bolsa de atrás, le dije que ropa, comida y otro casco, él asintió con la cabeza y contestó: “tres bien”. Al final todos se agacharon ante el cartel que llevaba en la parte trasera y se dieron cuenta, por el mapa que allí aparecía, que mi intención era llegar a París. Perdón por la expresión, el descojono fue general…pas posible, le garçon eté fu, cette Mobilette ne peut pas arriver Paguí”. Les dije que no era una Mobilette, que era una Vespino made in Spain. Luego añadí que quería hacerles una foto…nooo, pas posible, no foto”… “vale, vale, puesto fronterizo. No es posible hacer fotos, vale…”. Al final les di a entender que en el asiento tenía sitio para uno de ellos, que si querían podían  venir conmigo a París. Eso fue definitivo, debieron pensar algo así como que “éste está loco de atar” de manera que…allez roulez”, me dieron avío y allí se quedaron entre risas… au revoir garçons, en unos días nos volvemos a ver…”.

 

Rápida bajada en posición bici (punto muerto) con el motor en marcha, peligrosa porque en cualquier momento podría haber vuelto a la posición “moto” y hubiese producido la rotura de algún diente de los engranajes de transmisión. No lo volví a hacer en todo el viaje.

 

Estaba amaneciendo, había mucha humedad y acababa de sumergirme en un mar de nubes que unos kilómetros atrás, desde lo alto, ofrecían una imagen impresionante, mereció una foto. Casi al final del rápido descenso, con bastante fresquito, con más lagrimones como los de antes acompañados de una incómoda moquita, ocurrió lo que suele ocurrir a las personas en alguna que otra ocasión. ¡Un apretón…!, en esos momentos se convirtió en lo más importante del mundo, había que hacer algo rápidamente. Y lo hice.

 

Una vez aliviado de la necesidad inaplazable seguimos rodando por tierras galas, pirenaicas. Llegaba otro alivio, el térmico. Las curvas y las montañas poco a poco quedaron atrás, dejaron paso a las rectas y las llanuras. No hubo novedades hasta llegar a Toulouse, el navegador que lo tenía metido en la sombra del fondo de la mochila que colgaba del manillar para evitar que el sol dificultase su lectura, me introdujo en el corazón de la ciudad, yo le seguía en todo lo que me decía, a ver qué opciones tenía… En un par de ocasiones nos encontramos con calles cortadas por obras. No había problema, giraba a derecha o izquierda, intuitivamente. Desde el fondo de la mochila escuchaba aquello de “… gire cuando sea posible…”, el aparato recalculaba y yo le volvía a obedecer. Después de oír varias veces la cantinela, aprovechando la parada en un semáforo, opté por apagar la voz del navegador, amenazaba con darme el viaje.

 

Rodábamos tranquilos “La Bella Durmiente” y yo, todo marchaba. De repente un acelerón en vacío en una recta entre manzanos y campos de girasoles, acabábamos de pasar Labastide-Saint-Pierre y era la una de mediodía. La primera sensación fue la de haber roto la correa de transmisión, no era eso, acabada de romperse el eje trasero portarueda, probablemente por el exceso de peso que llevábamos y por los enormes alterones que colocan para que los vehículos reduzcan la velocidad al paso por las poblaciones. Se trataba de una avería complicada pero no letal. En la caravana llevaba un eje de repuesto tal como me aconsejó Francesc Garí. El “equipo de apoyo” tardó cinco horas en llegar al punto donde me encontraba, ya he dicho que iban por diferente camino. La sorpresa fue que el eje de repuesto era de otro modelo y tanto el asiento del cojinete como la rosca del piñón de bici del extremo eran mayores.

 

En medio del campo, a unos 70 kilómetros de una ciudad grande, el mundo se me vino encima. Le dije a mi mujer: “…Kitty, aquí termina la aventura…”. Ese pesimismo únicamente duró unos minutos. La suerte fue que pude averiguar que en Reyniès, en una población cercana, estaba la empresa Gilbert de matricería; ellos me pudieron solucionar el problema, mecanizaron el eje de repuesto en uno de sus tornos hasta hacerlo idéntico al de mi GL, eso sí, al día siguiente. Toda la familia trabajó en equipo, incluso Pablo, el pequeño, hizo las veces de reportero gráfico. La moto quedó lista para seguir el viaje pero; habíamos perdido 24 horas..

 

La tercera etapa tuvo que comenzar rápido, con tiempo justo. Eran las 13:00 horas del día 18, quedaban todavía 750 kilómetros y no debería haber ningún contratiempo, tenía que llegar en París al día siguiente. La urgencia del viaje era, en primer lugar por el reto de los tres días que me había impuesto. Al final se consiguió a medias, fueron tres jornadas. El motivo de la segunda urgencia era que teníamos contratado en Calais un pasaje en ferry para el día 20 por la mañana. Con un rápido cálculo mental me di cuenta de que eran más de 24 las horas, incluida la noche, las que debería permanecer encima de la moto para cumplir el objetivo.

Sin perder un solo instante nos pusimos en marcha, la familia con la caravana y “La Bella Durmiente” y yo. Por la premura y la necesidad de aligerar peso dejamos las herramientas y repuestos que no fuesen imprescindibles, nos la jugamos; tampoco habría ya “equipo de apoyo”. Después de comprobar durante unos kilómetros que todo funcionaba correctamente nos despedimos hasta el día siguiente seguros de que la torre Eiffel sería testigo mudo del nuevo encuentro. No teníamos dudas de que así iba a ser. Y así fue.

 

A pesar que cada uno de los depósitos me daba una autonomía de casi tres horas, daba la sensación de que ese tiempo era mucho más corto, de  manera que cuando me quise dar cuenta, a 50 kms de Limoges, el diminuto haz de luz de la GL ya reflejaba en las señales de tráfico, estaba anocheciendo. Tuve que parar y ponerme la ropa de invierno, hacía fresco. Aproveché para llamar a mi familia, me informaron que ya habían pasado Orleáns, que en un una hora estarían en París. Me preguntaron “¿…vas a conducir toda la noche..?, dije que si, ¿Qué remedio tenía?. No se me pasó por la cabeza la posibilidad de una avería. Fueron unas horas difíciles y cansadas. La luz de la Vespino alumbraba muy poco.

 

Atravesamos Limoges pasadas las 12:00 de la noche. Las únicas gasolineras abiertas eran las automáticas de 24 horas que funcionan con tarjetas especiales. Aunque era imprescindible no podía repostar, de manera que rebusqué entre mi maltrecho francés, me arme de valor y esperé a que llegase alguien que me llenase la garrafa a cambio del valor de la gasolina en metálico. Al tercer intento lo conseguí, pude seguir…

 

La noche la vencimos gracias al navegador y la batería suplementaria que preparé para la ocasión. Viajamos por carreteras estrechísimas. Luego a la vuelta pude disfrutar, a la luz del día, de los maravillosos paisajes que me perdí a la ida. Parecía que no iba a amanecer nunca, de manera que las primeras claridades fueron bien recibidas.

 

El amanecer frío, muy frío. A pesar de ir con la ropa que habitualmente uso en invierno, a pesar de encontrarme en pleno verano, a pesar de todo, no pude evitar desear que el sol se elevase lo antes posible. Lo pasé realmente mal. No es cuestión de que la temperatura sea muy baja, se trata del tiempo que estás expuesto a un fresco constante, por abrigado que vayas el frío se va instalando y al final te invade, te vence.

 

La carretera discurría por las callejuelas de una pequeña población, faltaban menos de 100 kilómetros para llegar a Orleáns. Entre tiritones me introduje en una animada cafetería a tomar un café con leche y un inevitable croissant recién hecho. El camarero me dijo “…avez vous froid?…”, “¿cómo dice?”, “…epagnol?”, “si”, “¿Qué si tiene frío?...”. Naturalmente el camarero no podía pensar otra cosa, allí todo el mundo andaba en sandalias, pantalón corto y camiseta de tirantes. Yo con mi barbour, pantalón de invierno y pasamontañas, no pude menos que encogerme de hombros…

 

Sobre las 11 de la mañana atravesé Orleáns, a su salida ya no podía más, la noche y la madrugada habían acabado con mis reservas físicas, era peligroso seguir. Durante un trecho me di cuenta que me costaba llevar a “La Bella Durmiente” en línea recta, incluso sin darme cuenta me desplazaba peligrosamente a la izquierda en la calzada. Opté por lo prudente. Junto a la carretera había un cementerio con miles de cruces blancas alineadas, tenía una valla pequeña de hormigón también blanco, como de un metro de alto, junto a ella un cuidado césped, allí me olvidé del mundo durante una hora.

A las 14:00 entraba por la autovía que da acceso a París desde el sur, la continuación de la N20. Sin duda el tramo más peligroso de todo el viaje. Durante 50 kilómetros circulamos por trechos con pésimo o inexistente arcén, junto a un tráfico vertiginoso típico de las grandes ciudades. La Vespino y yo nos sentíamos insignificantes. El primer semáforo junto a la Porte de Saint Cloud supuso un alivio. “¡¡Bella durmiente, lo hemos conseguido…!!”, unos minutos después estábamos a los pies de la torre Eiffel, no sin antes pasar a hacernos una foto en la Rue Bois le Vent, lugar entrañable para mí.

14:30. Pongo a la Vespino GL sobre su caballete, me coloco delante de ella y arqueo mi cuerpo un poco hacia delante para apoyar las manos en las rodillas, la miro, creo que ella me mira, ambos respiramos hondo, yo lo hago por ella, nos dedicamos una imperceptible sonrisa de complicidad: “…ahora sí, ya estamos aquí..., ahora si quieres, aunque no lo hagas, te puedes averiar un poco, te lo has ganado”. Perdón por la expresión: “¡¡coñó, le está goteando aceite de la caja de piñones…!!”. Nada grave, al día siguiente le cambié un viejo retén que había dicho  “basta”. “¡¡Qué bromas me gastas picarona!!, tu también estás contenta…”.

 

El resto del viaje os lo podéis imaginar. Primera etapa de regreso la madrugada del día 1 de Agosto y llegada milimétrica a mi pueblo el día 3 a las 21:15 horas. Ahora sí fueron tres días. Amigos y paisanos estaban en la plaza de mi pueblo, esperándome. El Motoclub de Segorbe organizó un bonito recibimiento en el que colaboró la empresa “Jamones Garcerán”, aportando unas exquisitas lonchas de sus productos que hicieron las delicias de los allí presentes. A pesar de lo embotado que me encontraba después de 16 horas de viaje desde Andorra, pude pronunciar algunas palabras de dudosa lucidez a través de la megafonía instalada por el Motoclub.

 

 

 

Valentín Salvador Calvo - 2007  (fotos en www.moclava.com y www.vespinos.net)